No son series de televisión, aunque permiten una secuencia. No son series de televisión policíacas, aunque pueden ser la raíz y son policíacas. No son asesinos en serie, aunque los hay. Son series de detectives o investigadores: Marlowe, Rebus, Conde, Beck, el agente de la Continental, Bosch, Morck, Jaritos, Romano, Grens, Grave Jones y Coffin Johnson, Sejer, Bevilacqua, Wilhelmsen, Adamsberg, Erlendur... Y se sitúan en cualquier lugar, son de cualquier lugar: la muerte está en todas partes.
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martes, 27 de enero de 2015

Prótesis, de Andreu MARTÍN




Hoy, al inicio del 2015, vamos a inaugurar una nueva sección del blog. Sí, este es un blog de lecturas de series de novelas policiacas, de detectives de novelas policiacas. Sí, no va a dejar de serlo, pero vamos a agregar algunas lecturas imprescindibles –o que creemos imprescindibles– para un buen lector de novela policiaca o negra o de misterio e intriga o de enigma, o, como quieran llamarlas. Esas novelas o cuentos –también los habrá, posiblemente– no caben dentro de una serie, porque no forman parte de ninguna, son únicas y se valen por sí mismas, es decir, son unas “fuera de serie”. Por los dos motivos que de alguna manera acabamos de sugerir: por su calidad única y por su exclusión de cualquier serie policiaca.

Primera edición de la novela en
Sedmay ediciones, 1980
Y este excursus introductorio sólo era para dar pie a la lectura de Prótesis, la novela de Andreu Martín. Andreu Martín es uno de los grandes de la novela negra o policiaca española –podríamos decir, aunque no sé cuántas veces estará ya dicho, que junto a Vázquez Montalbán (ver lectura de su serie de Carvalho), Juan Madrid (ver lectura de su serie de Toni Romano), González Ledesma (ver lectura de su serie de Méndez) y Julián Ibáñéz (próxima lectura de Novoa) podría formar un buen quinteto titular en cualquier cancha de baloncesto para bajitos (como buenos representantes de la raza), pero con pistola de largo alcance–, pero no lo vamos a decir porque ya está dicho suficientemente.

Andreu Martín
Pero lo que sí decimos –aunque ya esté dicho también suficientemente– es que para un lector de novela negra es imprescindible leer Prótesis, aunque no pertenezca a serie alguna, o precisamente por eso, por ser algo tan independiente –que no diferente, aunque también– por ser algo único y, ante todo, fuera de serie: Es una novela fuera de serie. Una novela buena donde las haya por estructura o andamiaje y complexión y por escritura o, llamémoslo, estilo, donde el protagonismo no está tanto en la investigación, puesto que apenas la hay, aunque la haya, porque el punto de vista está fijo en la parte oscura de el Migue o el Dientes, como él quiere que le llamen ahora, a pesar de que en la segunda parte sí haya unos policías que investigan ese robo a un furgón blindado que es el punto de inflexión de toda la novela.

Porque antes –la novela está dividida en dos partes– la obra nos va sumergiendo en los antecedentes, no del robo, que también, sino del protagonista, de Miguel Vargas Feinoso, alias el Migue, antes el Gachí, ahora el Dientes, en cómo ha llegado donde ha llegado, no a planificar un robo, esa es la excusa, o a perpetrarlo, no, sino a buscar venganza, ha llegado la hora de devolver a el Gallego, ese que le dejó la cara deformada y llena de cicatrices, y, sobre todo, ese que le dejó sin dientes, los que tiene son una prótesis –de ahí el título– que mira todas las mañanas cuando está acostado, y sus dientes, es decir, los dientes que ahora lleva, se encuentran sumergidos en un vaso de cristal, con agua y una pastilla de Corega Tabs. Esos dientes, dientes de sonrisa de calavera, son la imagen obsesiva de todos los días, que no le dejan olvidar, y el motivo de todos los hechos posteriores, porque el robo del furgón blindado, decíamos, es sólo la excusa para enfrentarse, ahora sí, en igualdad de condiciones con el Gallego, aquel policía, ahora simplemente es un guarda de seguridad metido en un furgón blindado, aquel policía que le dejó mirando todas las mañanas la sonrisa de calavera.  




Y que se cargó al Cachas, de un disparo que le hizo saltar un ojo, mientras huían, el Cachas y el Migue, de el Gallego y de los otros policías, y que se cargó no sólo a el Cachas de un disparo que le hizo saltar un ojo –imagen recurrente (otra) que tiene el Migue, ahora el Dientes, metida en la cabeza– sino que se cargó con ello la pandilla de el Cachas, aquella que formaban el Cachas, el Chava, el Marujo y el Migue. Y que se llevó por delante, luego, después, en el interrogatorio, los dientes del Migue y con los dientes le destrozó la cara y le destrozó la vida. Porque no fue tanto el que posteriormente, después de aquello, se pasase sus años en la cárcel, y fuese la chica del Caro, porque el Caro se portó bien con él, tanto en la cárcel como al salir de ella, no, no, lo que pasó es que sin los dientes, lo único que ocupa la vaciedad de sus existencia, el hueco de los dientes sólo lo rellena la prótesis de la venganza, porque para lo único que vive el Migue, ahora el Dientes, es para saldar cuentas con el Gallego; el Gallego, que después de aquello tampoco volvió a ser el mismo, porque aquello también fue un antes y un después para él, le expulsaron del cuerpo e, incluso, estuvo internado, porque para el Gallego, su actual existencia, como guarda de SEGURTRANS, ha dejado también de tener sentido, y se da cuenta, mientras se produce el robo y reconoce a el Migue que todo puede volver a ser como antes.

Y eso, el final, los angustiosos días finales, revolcado en la mierda, en ese piso de alquiler, que le sirve de guarida y de pocilga después del robo, junto a la Nena –la Nena, que de algún modo, también formó parte de la cuadrilla del Cachas en aquellos tiempos–, esos angustiosos días, decimos, hasta ese reencuentro, que el Migue lleva esperando toda su vida desde aquello y que el Gallego, de alguna forma, también lo espera, como una catarsis, como un resurgir de lo que fue pero que ya no es, esos días, donde los policías Sevilla y, sobre todo, Correa se huelen algo raro, algo que no encaja en todo ese tinglado del robo del furgón blindado, esos días son sólo el anticipo del enfrentamiento, porque toda la novela nos empuja hacia allí, hacia ese final. Un final negro de violencia extrema. Un final que sólo destella por la inocente sonrisa de la Nena cerrando el círculo.

Acabamos: esto es sólo un resumen-comentario de una de las mejores novelas negras escritas en España. Léanla, por favor, por favor, léanla. Y verán. Ahora deberían venir todos aquellos calificativos que incitan la lectura, todos esos que aparecen en las contraportadas de los libros o en las reseñas que nos anticipan las novedades. Pero no, esto no es una novedad ni necesita de calificativos altisonantes. Esta es una novela de hace exactamente 35 años, pero ¿y qué? Cuando algo merece la pena, no importa la edad o sí, quizá, como los buenos vinos… En fin, Andreu Martín es uno de los grandes y esta novela es la más grande que ha escrito –no hemos podido evitarlo. Fuera de serie.   




Bibliografía de Andreu Martín (sólo libros de novela negra y policiaca)


1979. El señor Capone no está en casa.
1979. Aprende y calla.
1980. A navajazos.
1981. La otra gota de agua.
1982. Por amor al arte.
1983. Si es no es.
1984. El caballo y el mono.
1984. Amores que matan, ¿y qué?
1986. El día menos pensado.
1987. La chica que lo enseñaba todo.
1987. Crímenes de aficionado.
1988. Barcelona Connection.
1988. A martillazos.
1988. El que persigue al ladrón.
1990. Lo que más quieras.
1990. Jesús en los infiernos.
1992. El hombre de la navaja.
1994. Por el amor de Dios.
1995. Jugar a matar.
1998. Vainqueurs et cons vaincus.
2000. Bellísimas personas.
2002. Juez y parte.
2002. Los miedos de la ciudad sin miedo.
2002. Schneken mit Kaninchen (Conejo con caracoles).
2002. Corpus Delicti.
2003. Guerra ciega.
2004. Asalto a la Virreina. (Junto a Carlos Quilez)
2005. Con los muertos no se juega. (Junto a Jaume Ribera)
2005. La clave de las llaves. (Junto a Jaume Ribera)
2005. Impunidad. (Junto a Verónica Vila-San-Juan)
2006. La monja que perdió la cabeza. (Junto a Jaume Ribera)
2006. Piel de policía. (Junto a Carlos Quilez)
2006. El blues del detective inmortal.
2007. El blues de la semana más negra.
2007. Si hay que matar, se mata. (Junto a Jaume Ribera)
2007. De todo corazón.
2009. El blues de la ciudad inverosímil.
2009. El blues de una sola baldosa.
2011. El cómo del crimen. (Junto a Jaume Ribera)
2012. La vida es dura.
2013. Sociedad negra.
2014. Les escopinades dels escarabats no arriben al setè soterrani del pedestal on s’aixeca la meva estàtua.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Ofrenda a la tormenta, de Dolores REDONDO




Bien. Ya tenemos el cierre de la trilogía que se sitúa en el valle del Baztán. Ya tenemos la última novela de la misma, Ofrenda a la tormenta –aunque por lo que parece no va a ser la última novela de la protagonista, la inspectora jefe Amaia Salazar, el cierre de la novela nos da pie a pensar en que habrá una siguiente y que posiblemente nos traslademos a Estados Unidos junto al agente del FBI, Aloisius Dupree, pero eso es otra historia–. En apenas dos años han salido de la nada o, mejor dicho, de la cabeza de Dolores Redondo, tres novelas a un ritmo trepidante o al menos a un gran ritmo.

Como el que presenta esta novela y en general la serie. El ritmo es capital en determinadas novelas de intriga o, llamémoslos, thrillers, y en este caso, en esta última novela en particular, el ritmo es casi perfecto, lleva al lector con una gran intensidad, suministrándole los datos de una forma sostenida y desvelándole poco a poco, pero con gran precisión los elementos que van rellenando los huecos, las piezas del puzzle, hasta completar el cuadro perfectamente. Pero quizá ese ritmo de escritura –y también de edición– se debe de acompañar de alguna que otra revisión más, ya que no puede ser que el padre de la niña fallecida y su presunto asesino, Valentín Esparza, sea apuñalado por un compañero de celda cuando ya está en prisión y muera, como nos informan en la página 179, y poco después a partir de la página 314 se sostenga que se ha suicidado. Y eso no puede ocurrir por la sencilla razón de que además no es un caso lateral, sino precisamente el inicio de todo lo que viene después, la novela empieza precisamente con la descripción del asesinato de esa niña. Ya, ya nos damos cuenta de que eso sólo es una excusa para enlazar o, mejor, iniciar todo el entramado de los asesinatos en serie de niñas casi recién nacidas que es el meollo de toda la novela, pero, por favor, que es precisamente eso, el principio.

En fin, no nos detengamos en los problemas. Porque como hemos dicho al principio, la novela no decae, nos atrapa bien, nos lleva bien. Siempre, claro, que ya hayamos entrado en la trilogía a través de las otras dos de la serie, porque como no puede ser de otra forma en una trilogía, la última es como el cierra de las otras también –aunque sí, se puedan leer independientemente–, además, en este caso, se quedaron muchas cosas pendientes que provenían de Legado en los huesos como para no necesitar de una continuación y de un fin, que es lo que se da en Ofrenda a la tormenta.

Recordemos, en El guardián invisible el culpable era el Basajaun mientras que en Legado en los huesos era el Tarttalo –ver la lectura de ambas novelas que ya hemos realizado– y aquí los asesinatos de esas niñas que se han ido produciendo a lo largo de los últimos veinte o treinta años se achaca a Inguma, otro ser mitológico, que necesita del último aliento de niñas apenas nacidas como ofrenda para que las cosas les vayan bien o muy bien a los que creen en él. Y entre los que creen en él está o estaba la madre de Amaia, que se da por desaparecida al cierre de la anterior novela, pero que en la mente de la inspectora sigue estando ahí y es lo que la lleva a insistir y a buscar con más ahínco entre ese entramado que se ha ido creando que mezcla lo mitológico de una cultura apenas conocida, la vasca, y los asesinatos de niñas, sean o no envueltos y disimulados bajo la apariencia de la muerte súbita del bebé, un nombre que sirve para nombrar un hecho que en sí mismo no tiene ninguna explicación científica.

Nuevamente nos encontramos con los conflictos familiares entre las mujeres de la familia de Amaia, entre Ros, que sigue llevando el obrador familiar, y que fue tan protagonista en la primera de las novelas, puesto que ahí se cocinaba el txantxigorri, y Flora, que regresa a Elizondo para hacer el funeral de su madre y que no puede dejar de intentar dominar como siempre lo ha hecho. Pero también están los conflictos en la comisaría, aunque en este caso sea con el jefe Iriarte por el carácter un tanto individua(lista) de la inspectora, a lo que se une lo que pasa con el mejor compañero de Amaia, Jonan. Y, por último, aquí está también el coqueteo constante que se trae con el juez Markina, que se verá entremezclado con los problemas de pareja que empieza a tener con su marido, el escultor americano, James. Pero es este último conflicto, el de la atracción mutua entre el juez y Amaia, el quid de todo el desenlace de la novela y que, desgraciadamente para la misma, es, quizá, demasiado evidente desde casi el inicio de la misma.

Resumiendo, el escaparate sigue siendo perfecto, el valle del Baztán da mucho juego porque se entremezcla con esa mitología y esa lengua vasca tan desconocida fuera de allí. Las tramas y el ritmo de las novelas está muy bien conseguido, te va llevando con una gran sutileza y sin que te des cuenta lees las páginas sin darte cuenta, pero sigue habiendo algunos elementos… Que nos hacen poner siempre unos puntos suspensivos detrás como diciendo si no se podría haber evitado eso, si no hay algunas cosas que deberían haber estado mejor pensadas, mejor elaboradas, mejor entramadas, si esto es un problema de escritura o de estructura o es un problema de dar a los lectores algo demasiado fácil, demasiado obvio, como creyendo que éstos, los lectores de novela policiaca, no necesitan de nada más que de unas extrañas muertes, salpicadas de un poco de mitología, que casa muy bien con un entorno idílico y bello, y una inspectora héroe o, mejor dicho, heroína, y ya está.

Hondarribia, donde desemboca el río Bidasoa o, como se llama en Navarra, el río Batzán, lugar de desenlace de la novela

Y ya está, eso es lo que tenemos. 

Y la pregunta es, ¿nos conformamos?
    





(3) 2014. Ofrenda a la tormenta. Lectura

sábado, 15 de noviembre de 2014

Los mares del sur, de Manuel VÁZQUEZ MONTALBÁN




Lectura 1 (de Tatuaje a Los pájaros de Bangkok)


Normalmente cuando alguien hace un comentario de nuevo sobre las novelas de Manuel Vázquez Montalbán y en concreto sobre alguna de las novelas de la serie de Carvalho es porque se cumple alguna efeméride. No sabemos por qué, pero esto es así. Es decir, ahora podríamos decir que esta lectura viene al caso porque este año se cumplirían los 75 años de Vázquez Montalbán o los 75 de Pepe Carvalho, porque según los datos que aparecen en las novelas también Carvalho nació en 1939. o –seguimos– se cumplirían los 35 años de la consagración de la serie con la concesión del premio Planeta a esta novela que nos ocupa, Los mares del sur, o… Pero no, no es el caso. Esta lectura no viene al caso de nada. Es simplemente una lectura que se le debía o se le debe a uno de los mejores escritores de novela negra –y no nos limitamos a ninguna nacionalidad–, y en un blog de novela negra no puede faltar, sin más.

Y como este blog tiene la maldita costumbre de leerse o intentar leerse todos los libros de las series correspondientes para intentar encontrar un hilo que los una –que no siempre existe– y porque, si uno empieza una serie, hay algo que le impulsa a no abandonarla –si la serie lo merece, claro–, pues, como no podía ser menos, vamos a intentar llevarlo a cabo con la serie de Carvalho.

Y para esta ocasión, al ser quince las novelas, a las que se uniría esa primera que no es la primera –luego justificaremos por qué decimos esto– de Yo maté a Kennedy y además una serie de cuentos donde el protagonista también es Carvalho, vamos a dividir las lecturas. Así haremos una primera lectura desde Yo maté a Kennedy –sí, la incluimos, aunque sólo sea para descartarla– hasta Los pájaros de Bangkok, es decir –ver bibliografía abajo– hasta la quinta. E intentaremos dedicar tres lecturas más que distribuiremos como sigue: lectura 2: de La rosa de Alejandría a Roldán, ni vivo ni muerto; lectura 3: de El premio a la última, Milenio Carvalho II: En las antípodas; y, por último, intentaremos hacer una lectura global de los cuentos de Carvalho, cuyos volúmenes sueltos detallamos en la bibliografía, aunque ya han aparecido agrupados en alguna edición.


Porque esa es otra, Vázquez Montalbán y en concreto Carvalho ha sido extraordinariamente beneficiado por los dioses de las ediciones, hay muchas, muchísimas ediciones de sus obras, en los últimos años ha vuelto a aparecer otra edición de sus novelas de la serie agrupadas por temática parece ser y, por tanto, si alguien está dispuesto a seguir leyendo a Carvalho no tiene más que recurrir a las librerías de libro nuevo y si es un poquito más ahorrador a las librerías de libros de segunda mano y se encontrará con todo el arsenal de las ediciones de las novelas de Carvalho –personalmente la edición que me gusta es la Serie Carvalho de Planeta, unos libros negros con la foto de Vázquez Montalbán encima del título y fotografías más que contundentes debajo, aunque si no estoy equivocado la serie no se llegó a completar, le faltan los cuatro o cinco últimos títulos–.


Pero empecemos, después de este largo, larguísimo excursus, como si tuviésemos que justificarnos, en fin…

La primera aparición de Carvalho es en Yo maté a Kennedy, como ya hemos dicho, pero aquí ni es detective privado ni es el protagonista y, algo aún más importante, el estilo, mientras las novelas de Carvalho son la típica novela naturalista de serie negra, con sus matices, claro, ésta de Yo maté a Kennedy es una novela experimental muy dada en la época de su publicación dentro de la literatura española, que ya había empezado con la moda allá por los primeros 60 con Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos, pero a las que habría que añadir las de Juan Goytisolo y otros, y ésta misma de Vázquez Montalbán.

Donde sí se inicia la serie es en Tatuaje en la que un Carvalho de treinta y siete años aparece así retratado: “hombre alto, moreno, treintañero, algo desaliñado a pesar de llevar ropas caras de sastrería del Ensanche…”, y posteriormente en diálogo con Teresa Marsé, una de las amantes del asesinado del tatuaje –que luego también aparecerá en Los pájaros de Bangkok– se define como “un ex poli, ex marxista y gourmet”. Y aquí tenemos al Carvalho retratado por sí mismo que aparecerá en sus novelas. Por tanto, ya tenemos lo principal. Pero también está su relación con Charo, una prostituta de clientes fijos que no hace la calle, una relación que mantendrá a lo largo de las novelas, y el trato con su confidente el Bromuro, que también será continuado, pero todavía no con Biscuter, su fiel cocinero y secretario, ex convicto, que vivirá en su oficina de la Rambla de Santa Mónica, pero que aparecerá en la siguiente, La soledad del manager. Sólo nos falta por ahora, el abogado Enric Fuster, el vecino comensal con el que se da esas comilonas impresionantes que también va describiendo a lo largo de las novelas.

La trama de Tatuaje se presenta por la aparición en la playa, desnudo, de un cuerpo de un joven con un tatuaje en la piel y la contratación de Carvalho por parte del gerente de una peluquería para descubrir la identidad de ese joven. Las pesquisas le llevan a otro elemento que es una constante en sus novelas, el viaje, en este caso a Amsterdam, para descubrir los antecedentes de ese joven desconocido –mucho se ha hablado de la serie de Carvalho como la plasmación perfecta de Barcelona, que lo es, pero se obvio que una característica señera de la misma es la presentación de otros lares, como huyendo precisamente de éste–. El viaje, decimos, es algo habitual, aunque ni en La soledad del manager ni en la siguiente, Los mares del sur, se dé explícitamente, aunque sí se da de alguna forma. En La soledad del manager está presente en los flashback, en los recuerdos de la juerga que se corrieron en San Francisco y Las Vegas, Carvalho, cuando aún era agente de la CIA, junto a los dos muertos de la novela, el manager de la Petnay, Antonio Jaumá, y un inspector de la misma, el alemán Rhomberg. Jaumá es encontrado asesinado con unas bragas de mujer en el bolsillo y Carvalho será contratado por la viuda de Jaumá porque no se cree que todo se daba a un asunto de faldas. También el viaje está presente en Los mares del sur, aunque en este caso son dos viajes, uno ideal o idealizado a esas islas maravillosas del sur asiático y otro al barrio periférico de San Magín, realizado precisamente por el constructor del mismo y protagonista muerto que propicia el caso, Stuart Pedrell. Ese viaje, pues, está presente de forma simbólica de múltiples maneras. También aparece en las dos siguientes, si bien en la que sigue, Asesinato en el Comité Central, el viaje es a Madrid, y a las entrañas del que fuera su partido político, el PCE, el partido comunista, para investigar la muerte de su líder, Fernando Garrido, en plena asamblea del partido. Viaje éste al interior político del comunismo español y viaje físico a las calles del Madrid más céntrico. Y, por último, un viaje esta vez no simbólico a Tailandia, en Los pájaros de Bangkok, para encontrar a Teresa Marsé –ya mencionada–, huida junto a su nuevo amante, Archit, un gigoló de Bangkok dedicado al pequeño trapicheo al que se le ha ido la mano, y perseguida por eso por uno de los capos de la ciudad, Jungle Kid.

Al pinchar se observa la Rambla de Santa Mónica,
donde tiene la oficina Carvalho

En fin terminamos este comentario que se ha alargado demasiado, si algo tiene la serie de Carvalho, y Los mares del sur es un exponente excepcional, es su capacidad para trasladarnos, es decir, para dirigirnos, para llevarnos con él, sin que nos demos cuenta o sí –y ahí está la excelencia– hacia territorios físicos, simbólicos, ya políticos o sentimentales ya emotivos e ideológicos que transitamos encantados a pesar de que lo que perseguimos sea quizá lo peor de todo, el dolor que provoca el desvelamiento, y aquí empleamos la expresión en su sentido etimológico de quitar el velo, que es lo que significaba desde los griegos la palabra verdad.       






(0) 1972. Yo maté a Kennedy. [Aparece Carvalho como agente de la CIA]

(1) 1975. Tatuaje.
(7) 1986. El balneario.
(10) 1993. Sabotaje olímpico.
(12) 1996. El premio.


Libros de relatos o relatos donde aparece Carvalho:

1997. "La muchacha que pudo ser Emmanuelle". [Incluido en Cuentos negros, 2011]

jueves, 25 de septiembre de 2014

Contrarreloj, de Eugenio FUENTES




Ya han pasado más de cinco años desde nuestro último encuentro con Ricardo Cupido y seguimos a la espera de una nueva entrega –en enero de 2015 acaba de salir Mistralia. Aquella última novela de la serie es esta de Contrarreloj que comentamos hoy. Una novela que se sale de Breda, el lugar habitual donde se desarrollan los casos de Cupido –aunque también la penúltima, Cuerpo a cuerpo, se escapó de aquel entorno llamémosle extremeño para transcurrir en una ciudad costera del levante español–, y se traslada a un recorrido que sigue los pasos del Tour de Francia, pues ésta, como su título indica, es una novela de las que podríamos llamar deportiva o que tiene al deporte y a sus ejercitantes como los protagonistas de la misma.

Por eso en ella no nos vamos a encontrar el paraje citado de Breda, lugar imaginario del norte de Extremadura creado por su autor, Eugenio Fuentes, que tanto juego e interés da sobre todo en El interior del bosque y ya con algo menos de protagonismo en las dos siguientes, La sangre de los ángeles y Las manos del pianista. Aunque, como en todas ellas, la afición al ciclismo del propio detective, a practicarlo, queremos decir, aquí se enlaza con la propia trama de la novela que tiene al máximo exponente de este deporte, el Tour de Francia, como al gran protagonista, y a esos ciclistas aguerridos, ambiciosos y competitivos al máximo como los elementos clave de la novela policiaca: el asesinado es un ciclista y entre los sospechosos principales también están los rivales ciclistas de éste.
Pero si algo une esta novela a las anteriores de la serie son dos aspectos primordiales: uno los motivos y motivaciones que provocan los crímenes –ahora haremos un repaso sucinto de cada una de ellas– y otra la característica definitoria de Ricardo Cupido como investigador que tiene que ver con la característica clave del estilo novelístico de su autor a la hora de tejer las tramas de las mismas. Así el impulso como investigador de este, “Lo que Cupido sentía –siente– como desafío y como enigma era –es– el sospechoso como sujeto, sus razones, su disposición emocional frente a la víctima, aquello que precisamente no era –es– ni tiempo ni espacio” (Cuerpo a cuerpo, p. 149); es decir, obviando el elemento de las posibles coartadas de los sospechosos, cosa que deja a los detectives oficiales, que en las tramas de Breda suelen ser el teniendo de la Guardia civil Gallardo y sus dos subalternos Andrea y Ortega, Cupido donde pretende llegar es al interior del sujeto, y eso es lo propio del estilo de Eugenio Fuentes en cada una de las novelas, en todas ellas lo que predomina es la demora en la descripción e introspección de los personajes que las componen, el autor se introduce en sus antecedentes, en lo que piensan, en lo que les sucede o les ha sucedido en el pasado, intentando aportar al lector esas razones que cada uno de ellos podrían llegar a tener para ser sospechoso de los crímenes que suceden en las novelas.

De tal manera que en la primera de las novelas citada, El interior del bosque, aparte de conocer la Reserva de El Paternóster y de los picos de el Volcán y el Yunque a través de los paseos ciclistas de Cupido y no ciclistas de otros personajes, también conocemos cómo los celos pueden ser perfectamente el motivo principal que provoque todo el desarrollo posterior y más si la protagonista asesinada, Gloria, una atractiva pintora y galerista, es capaz de provocar ese mismo sentimiento y otros hermanos como la envidia o una admiración mal llevada no sólo en su novio Marcos Anglada sino en otros como el escultor Emilio Sierra o en su socia en la Galería de Arte, Camila, y si a ello añadimos tramas paralelas como la del guarda de El Paternóster, Molina, o la del litigio por los terrenos que lleva durante años Doña Victoria y su hijo adoptivo Octavio Espósito contra la administración, tenemos un entramado donde cada uno de los implicados, éstos y otros más, se nos ofrecen perfectamente retratados desde sí mismos y desde su propia historia.

Los celos, más los otros sentimientos hermanados, nuevamente ocupan un lugar destacado en La sangre de los ángeles. Ahora nos situamos en las disputas por la dirección dentro de un colegio de Breda a consecuencia de lo cual resulta muerto el profesor de Educación Física Gustavo Larrey, a lo que añadimos el extravío de una pistola sin declarar que pertenecía al padre de Julián Monasterio, precisamente el que termina contratando a Cupido por el temor de verse implicado en esa muerte. En la trama se ven mezclados el director saliente del centro Jaime De Molinos, el entrante Luis García Nelson, el jefe de estudios Manuel Corona y la logopeda Rita, antigua amante de este último y amiga de Larrey, e incluso el conserje del centro, el objetor Moisés, que también ha tenido su escarceo amoroso con Rita. También alguien indirectamente implicado será el que contrate a Cupido en la siguiente novela, Las manos del pianista. Precisamente alguien del que lo único que llegamos a saber es eso que es pianista y que además ejerce con esas manos duras, casi encallecidas y hasta deformadas, otro oficio propio para ellas, el de verdugo de animales cuyos dueños se quieren deshacer de ellos. Pero en este caso nos movemos en el ámbito de una empresa constructora en la que uno de los socios se ha caído o le han tirado desde el ático de uno de sus edificios en construcción. Y en ese contexto, donde el poder y el dinero tiene verdadero protagonismo, Martín Ordiales, ha dejado de tener ambos y los implicados, sus socios Miranda Paraíso y Santiago Muriel, a los que se unen su antigua amante la aparejadora Alicia o el capataz de las obras Pavón, incluso antiguos empleados como Tineo o clientes como Juanito Velasco, vuelven a moverse motivados nuevamente por la envidia o el rencor.    


Nos salimos de Breda en la siguiente novela y también dejamos de lado aquellas motivaciones que han movido los hilos en las anteriores tramas, para, en Cuerpo a cuerpo –quizá la novela más compleja y mejor construida, aunque todas mantienen un nivel espléndido–, desembocar en una trama donde lo privado o personal y lo público o profesional se van a ver entremezclados sin saber muy bien qué es lo que ha ocasionado el aparente suicidio del Comandante del ejército Camilo Olmedo. Será su hija, Marina, separada de su anterior marido Jaime, pero ahora enamorada de Samuel, la que contrate a Ricardo Cupido, incrédula ante el suicidio de su padre. Aquí, decimos, se mezcla lo privado, la nueva pareja de Olmedo, Gabriela, que perdió a su hijo adolescente pocos meses antes atacado por un perro, o el causante de la muerte de su anterior mujer, el anestesista acusado de ese error médico, Lesmes Beltrán, y el profesional, todos los compañeros que no están de acuerdo con el cierre del cuartel de San Marcial por el que Olmedo aboga, ya sea el Coronel Castroviejo o los capitanes Bramante o Ucha.

Pero en la que nos ocupa, Contrarreloj, volvemos al motivo que domina toda la serie, el de los celos o el de la envidia de difícil separación, y hasta él indaga Cupido siguiendo las etapas del Tour, bien por la tele, como al principio, bien siguiendo la misma caravana, aunque siempre algunos pasos o tubulares por detrás de los líderes o sospechosos, para descubrir entre ellos cuál ha sido capaz de matar a Tobias Gross –una especie de Louis Amstrong–, el capataz ¿dopado? de los últimos cuatro Tours de Francia. Y así tenemos a la avispa Panal, a Mieses –cuyo director de equipo, Luis Carrión,, antiguo funcionario de prisiones donde le conoció, contrata a Cupido– o al bosnio croata Darko Hamelt entre los ciclistas con motivos para tal hecho, pero también están los que siguen la caravana del Tour, las parejas de los ciclistas, como la ex mujer de Gross, Saba Bay, o la espectacular mujer de Panal, Alejandra, y por supuesto esos médicos ocultos que trafican con sangre dopada como el doctor Galea o el desconocido doctor Román o Romain.

Y como vemos en este recorrido las tramas se vuelven complejas no en sí mismas sino por la normal complejidad de los propios personajes que se nos van presentando trazados con la mano segura del autor y a través de las preguntas de Cupido que indagan menos sobre hechos que sobre razones para acabar admitiendo que casi la única razón es siempre la misma y esa razón en la mayoría de los casos el ser humano es incapaz de domeñar.        





(1) 1993. El nacimiento de Cupido.
(5) 2007. Cuerpo a cuerpo.
(6) 2009. Contrarreloj. Lectura 
(7) 2015. Mistralia. Próxima lectura

1990. Las batallas de Breda. [Cupido, personaje secundario. No pertenece a la serie]

sábado, 20 de septiembre de 2014

Nunca ayudes a una extraña, de J. M. GUELBENZU




En Nunca ayudes a una extraña, la última novela de la serie de la Juez de Primera Instancia e Instrucción Mariana de Marco, el protagonismo de la misma viene compartido por un nuevo personaje, el periodista Javier Goitia, –del que no sabemos si viene para quedarse o no–. Y decimos que comparten protagonismo porque la novela está narrada alternando capítulos en primera persona, los de Javier Goitia, y tercera –aunque habría que añadir los correos electrónicos (que no e-mails, término que no le gusta al autor) que Mariana escribe a su amiga íntima Julia, la arquitecto que ha ido apareciendo en la últimas novelas de la serie y que ahora se encuentra de viaje de negocios en Brasil, correos que vienen a resumir tanto el progreso en la investigación como el progreso en el enamoramiento, como luego veremos–, donde la Juez, continuamos, como en las novelas anteriores, se convierte en el sujeto que mueve los hilos, pero también en el objeto atentamente observado, de ahí esa tercera persona, un narrador externo que constantemente se recrea en la belleza o, mejor, atractivo de esta juez –que vuelve a tener 45 años como en la novela anterior a pesar de haber pasado tres años en la cronología interna de la serie (ver bibliografía abajo)–, como también lo hace y ya desde la primera escena los ojos curiosos de Javier Goitia.

Volvemos a estar en G…, lugar donde ejerce la Juez De Marco, después de aquel viaje un tanto enrevesado por el Nilo que fue la novela anterior, Muerte en primera clase, y volvemos a G… en primer lugar de la mano de Goitia, un periodista de investigación de 54 años que se acaba de quedar sin empleo debido a que su empresa ha cerrado, estamos en el 2004 –en concreto el 1 de julio (hay una errata en la primera página de la novela)– y el periodismo ya no es lo que era. Goitia viene a la ciudad a pasar unos días de vacaciones con su amigo Manolo, que regenta un bar en el centro, y ya desde la estación de Chamartín donde coge el tren sus ojos no pueden dejar de seguir la atrayente anatomía de la Juez.

Pero esa intromisión no será la única, puesto que ya en G… se produce un incidente en el que se ve envuelto, la aparente violación de una mujer, Concepción Ares, y la implicación de Francisco Llorente, el hijo juerguista de una influyente familia de la ciudad. Poco después la misma mujer aparecerá muerta tras haber caído por la terraza de su casa. Una posible violación y un aparente suicidio que instruirá la Juez De Marco.

Y en este contexto J. M. Guelbenzu se vuelve a recrear en el retrato, llamémosle decimonónico, de las familias pudientes implicadas –la alta burguesía otra vez como protagonista, algo muy dado en este autor y también muy típico en las novelas del XIX–, la de Concepción Ares, con su padre, el patriarca Constantino, dominante y altanero, la beata de su mujer Dorinda y de su hijo el cura, más Gonzalito Ares, el otro hermano, vividor sí, pero también el encargado de seguir llevando los negocios de la familia a buen puerto. Por otro la familia del presunto violador, los Llorente, Rufino padre y Rufino Jr., el que se sigue encargando también de los negocios de la familia, pero que como toda buena familia tiene un garbanzo negro en ella, el tal Paco Llorente. Y por último, la tercera en discordia, aunque en menor medida, la familia del marido de Concepción, Tomás Sánchez-Hevia. Un matrimonio de conveniencia, como no podía ser de otra forma.


Las presiones, pues, para que los trapos sucios salgan lo menos posible a la luz, no dejan de llegar a la encargada de instruir el caso o los casos, Mariana de Marco, pero como en las anteriores novelas eso no es más que un incentivo para que ella se muestre aún más independiente. Porque el entorno de los juzgados es el mismo que ya vivimos en El hermano pequeño (ver lectura), sigue estando el juez decano Carbajo, como cierto enemigo de Mariana, y luego su secretario Pelayo y el inspector Quintero, ambos de su parte, y en esta novela, vuelve a aparecer aquel inspector un tanto extravagante, Alameda, que tuvo su protagonismo en Un asesinato piadoso, en este caso cuando la novela se traslada a una ciudad cercana, S… Y eso nos hace detenernos en algo que hemos ido observando a medida que se han sucedido las novelas de la serie, el anclaje cada vez mayor en la descripción de las ciudades, en este caso G… y S…, que aunque el autor no quiera llamarlas por su nombre, quizá llevado por conservar el nombre de la tercera V… –es decir, como ya dijimos en la anterior lectura, la Vetusta de Clarín, otra vez la novela decimonónica como guía– el cariz simbólico de un lugar ficticio pero en el fondo real y existente, que, como decimos, se describe y se muestra cada vez con mayor precisión, en las calles y barrios, en los bares, en los restaurantes, mencionados y descritos, en las playas y paseos marítimos…

Plaza Mayor de G..., donde se sitúa el Hotel
en el que se aloja Javier Goitia

Pero donde de verdad se observa un cambio en la novela con respecto a las anteriores, no es en la trama, que vuelve a estar bien llevada, sino en la injerencia del periodista. Una injerencia en la escritura, ya hemos hablado de esa primera persona que lo pone en paralelo con Mariana en cuanto al protagonismo de la novela y una injerencia en la trayectoria personal de la propia Juez. Mientras en las anteriores novelas Mariana de Marco se ha caracterizado por su predisposición por acercarse a los malos de la película, no sólo en la investigación, que sería lo lógico, sino a introducirse en sus escarceos amorosos en la boca del lobo, por esa atracción al mal o al peligro de la que hablamos en el anterior comentario, ahora eso deriva en un cierto enamoramiento progresivo que se va produciendo a medida que transcurren las páginas de la novela y a medida que se van sucediendo los acontecimientos investigados, investigados por ambos, en un ten con ten, que acaba como tiene que acabar, pero claro no hacia el malo, sino hacia el bueno. Y, quizá, esa chispa que tenían antes las novelas se ha perdido aquí, sustituida por un entontecimiento clásico. Eso sí, el vouyerismo permanece y las escenas donde el cuerpo de Mariana cobra todo su vigor, no dejan de estar, en este caso vistos desde dos puntos de vista, el de siempre, el del narrador que se recrea, más ahora el de los ojos de Goitia ya desde la primera página de la novela.
       





(1) 2001. No acosen al asesino. [La trama posiblemente se sitúa en 1996-97]
(2) 2004. La muerte viene de lejos. [¿1997?]
(3) 2007. El cadáver arrepentido. [El tiempo interno se desarrolla en 1998, aunque hay referencias a todo el desarrollo del siglo XX]
(4) 2008. Un asesinato piadoso. [Se sitúa en 1999]
(5) 2011. El hermano pequeño. [En el 2000] Lectura
(6) 2012. Muerte en primera clase. [En el 2001, justo antes de la 2ª guerra del golfo, que se menciona explícitamente]
(7) 2014. Nunca ayudes a una extraña. [Julio de 2004] Lectura

jueves, 3 de julio de 2014

La playa de los ahogados, de Domingo VILLAR




La segunda novela de la serie del inspector Leo Caldas es esta de A praia dos afogados (La playa de los ahogados), publicada en el 2009, posterior en tres años –ver bibliografía abajo– a su primera novela Ollos de auga (Ojos de agua) en su lengua original y publicadas en gallego por la editorial Galaxia y en español por Siruela. Sigue sin aparecer Cruces de pedra (Cruces de piedra) anunciada ya para el 2012 pero sin publicar todavía y sin noticias de su futura publicación. Nos centraremos, pues, en las dos ya aparecidas y que por sí mismas han propiciado esa ansia de algunos lectores por acceder a la nueva.

Dos son los policías protagonistas de esta serie, el ya mencionado Leo Caldas y su compañero Rafael Estévez, aunque con distinto grado de protagonismo, el primero lleva el peso de los casos y el segundo únicamente sirve de contrapunto; el primero es gallego y el segundo, aragonés, y en ambos la procedencia marca su idiosincrasia. Mientras uno, el aragonés de Zaragoza, tiende a ser directo, pase lo que pase –incluso si hay violencia de por medio–, el otro, como buen gallego –de la misma tierra donde se desarrollan los casos–, prefiere dar vueltas a las cosas y responder a una pregunta con otra pregunta, aunque la respuesta sea evidente. Y el medio, cómo no, está de parte del gallego, porque los otros compañeros, el forense Guzmán Barrio o la experta de la UIDC, Clara Barcia, o los testigos o sospechosos que van saliendo en cada caso también lo son, mientras que el aragonés parece un pez fuera de su pecera.


Dos también, como decimos, son las novelas. En la primera el caso se desarrolla en la ciudad de Vigo, en concreto el muerto, Luis Reigosa, un saxofonista homosexual con unos ojos que describe perfectamente el título de la novela, es encontrado en su piso de la torre de Toralla, en la isla del mismo nombre, y toda la trama se desarrolla en la ciudad pontevedresa. En cambio, la segunda novela se expande a dos pueblos pescadores gallegos, Panxón, al sur de Vigo, que es donde aparece el cadáver ahogado de el Rubio, Justo Castelo, y, avanzando la novela, Aguiño, en cuyas cercanías se había hundido diez años antes el Xurelo, pequeño barco de pesca, que se fue a pique en una noche de tormenta y que se llevó con él a su patrón, el capitán Sousa, pero del que se salvaron sus otros tres tripulantes, entre ellos Castelo.   

Pero ¿qué cambia –aparte del traslado del paisaje, de una ciudad a un pueblo pesquero– de una a otra? o, mejor, ¿qué evoluciona? o ¿cómo evolucionan los protagonistas y las tramas?

En Ojos de agua la intriga está en el presente y tiene que ver con relaciones de pareja donde prima la mentira, ya dijimos que el muerto era homosexual, si bien el motivo de su muerte no está en su orientación sexual sino en una cierta venganza que proviene del engaño y la mentira y de un statu quo que se pretende mantener. Los elementos intervinientes se sitúan en ciertas altas esferas de la sociedad viguesa, tanto económicas como de prestigio.

En La playa de los ahogados el misterio del presente, la muerte que en principio parece un suicidio de Justo Castelo, desvía su mirada hacia el pasado, hacia lo que ocurrió hace diez años cuando se hundió el Xurelo y lo que podría ser también causado por la venganza, como en la novela anterior –un capitán ahogado en circunstancias extrañas y los tres marineros de la tripulación salvados, pero que apenas tienen trato desde que sucedió aquello, a pesar de vivir en el mismo pueblo–, al final tiene que ver con el mantenimiento de la mentira que ya dura tanto tiempo.

Es decir, que por ahí cada caso nos lleva hacia derroteros distintos, como no podía ser de otra forma, pero en ambos el elemento policial, el ir deshilvanando el hilo hasta dar con la solución, está bien llevado, aunque se nota que el final de la primera se nos torna más abrupto, que corresponde a su ritmo un tanto más rápido, mientras que en la segunda todo el tempo en general es más dilatado, más cadencioso, más sosegado, como la vida en el pueblo donde se desarrolla la intriga, y el final, aunque no deja de ser, como corresponde al género, de “te cacé”, los círculos concéntricos que hemos ido dando hasta dar con el punto central son, como decimos, más hipnóticos, más de tiempo detenido.

Torre de Toralla en la isla de Toralla, Vigo
Y a todo eso se añade el distinto valor que cobra el elemento personal. Mientras en Ojos de agua la vida de Leo Caldas apenas nos interesa, salvando el hecho de que aparece semanalmente en un programa de radio, Patrulla en las ondas, por el que todo el mundo lo conoce, como veremos también en la segunda novela, y que, por contra, le disgusta profundamente –no sabemos muy bien cuál es la razón de que salga en antena, ni se nos explica ni se nos deja entrever–, a lo que se añaden las escasas menciones a Alba; en la segunda esa faceta se amplifica con la relación con su padre, ya desde la primera página, cuando están en el hospital para acompañar a su tío Alberto, hermano de su padre, que está ingresado, y se nos va explicando, de forma indirecta las más de las veces, esa relación frustrada con Alba y que es el origen de esa soledad que le caracteriza.    

Como vemos, pues, la segunda novela ha ido ahondando más tanto en el meollo de la trama como en el afuera de lo que rodea al protagonista que es lo de dentro del mismo protagonista, y con ello se ha hecho más consistente, más conseguida, diríamos, eso sin desmerecer a la primera.

Vigo y la isla de Toralla

Panxón, al sur de Vigo, Pontevedra, Galicia
Pero quizá lo que gusta de ambas, en general, es el ámbito donde se desarrollan, tanto el Vigo de la primera como Panxón y Aguiño de la segunda, tanto los escenarios urbanos: la torre de Toralla o la Fundación Zuriaga, de arquitectura moderna, y los bares –el Eligio de Carlos, por ejemplo, donde come y se toma su copa de vino blanco habitual– y los clubs de jazz vigueses –en este caso movido por la trama– donde se mueve Ojos de agua como El Refugio del Pescador, en Panxón, donde van a tomar sus cafés y copas, para entrar en calor, los pescadores de nécoras de la segunda, más el viejo Hermida o el muerto, el Rubio, antes de morir que José Arias –otro de los que se salvaron del naufragio del Xurelo– por donde no aparece, en cambio, el tercero de los salvados, Marcos Valverde, o la lonja, donde se hace la subasta de lo pescado diariamente, o la playa donde aparece el cuerpo de Justo Castelo –recordemos el título de la segunda, La playa de los ahogados–, o el Monteferro y las islas Estelas que circunscriben a Panxón, o el mar, ese mar que se ha tragado y devuelto al marinero muerto y que se tragó también el barco donde trabajó diez años antes y que es el origen de la intriga, y la superstición de los marineros ante un mar que les da todo pero que también se lo quita, a veces, sólo a veces, porque en este caso no es el mar el enemigo, sino el marco perfecto para La playa de los ahogados.





Posible portada

2014. Cruces de pedra (Cruces de piedra). [Prevista para el año pasado para el anterior o para este año u otro año de los venideros]


2010. “El último verano de Paula Ris”. [Relato]