No son series de televisión, aunque permiten una secuencia. No son series de televisión policíacas, aunque pueden ser la raíz y son policíacas. No son asesinos en serie, aunque los hay. Son series de detectives o investigadores: Marlowe, Rebus, Conde, Beck, el agente de la Continental, Bosch, Morck, Jaritos, Romano, Grens, Grave Jones y Coffin Johnson, Sejer, Bevilacqua, Wilhelmsen, Adamsberg, Erlendur... Y se sitúan en cualquier lugar, son de cualquier lugar: la muerte está en todas partes.

viernes, 21 de marzo de 2014

El reinado de Witiza, de Francisco GARCÍA PAVÓN





En 2013 salió una nueva edición de El reinado de Witiza de Francisco García Pavón, publicado por Rey Lear Editores. Esta editorial ha llevado a cabo una gran labor de recuperación de la serie del Jefe de la Policía Municipal de Tomelloso (G. M. T.), Manuel González, alias “Plinio”, de la que ya quedan pocos títulos por rescatar.

Porque hay que tener en cuenta que la obra sobre Plinio se sitúa a grosso modo en la década de los setenta del siglo pasado, y puntualizando un poco más empezó concretamente en 1965 con la novela corta Los carros vacíos (como se ve en la bibliografía de abajo). En total se compone la serie de ocho novelas, tres novelas cortas –aunque habría que añadir que el relato “El último sábado” se podría considerar también una de ellas, e incluso la mejor– y un conjunto de cuentos que también protagoniza Manuel González Plinio junto a su inseparable don Lotario.

En uno de los prólogos a esas primeras obras –en concreto en Historias de Plinio de 1968, que agrupaba las novelas cortas El carnaval y El charco de sangre– el propio autor, García Pavón, nos habla de sus intenciones a la hora de crear este tipo de novelas. Algo así como traer a nuestra literatura la novela policiaca o novela de suspensión, como él la llama, ya que aquí sólo aparecían traducciones, pero no novela original en español. Y qué más español que situarlas en un lugar de la Mancha, Tomelloso, en la ruta de un antiguo salvador de entuertos, como Don Quijote, y en un paisaje que ya fue tratado de una forma similar por otro clásico como Azorín, por ejemplo. Pues de algún modo es el remedo del estilo de estos dos autores –y alguno más– los que dan ese interés castizo, muy castizo, a su novela policial. Y esto puede ser un plus, pero también una rémora. Con ello no queremos quitarle originalidad al Plinio de García Pavón, pues claro que la tiene, porque la dificultad está, estaba, en llevar a un pueblo español, de gentes muy de pueblo, con hablas y maneras de pueblo, unas características muy específicas, las policiacas, y hacer que eso no se tambalee, que funcione, es lo que plenamente consigue el autor.

Incluye El reinado de Witiza,
El rapto de las Sabinas,
Las hermanas coloradas y El último sábado.
El reinado de Witiza es la primera novela larga que publicó y junto a Las hermanas coloradas, la de mayor éxito y reconocimiento. En ella la intriga se presenta cuando aparece un nicho en el cementerio de Tomelloso que debería estar abierto, pero está cerrado, y al abrirlo nos encontramos con un cadáver dentro de una persona desconocida. La primera parte de la novela se centra en descubrir la identidad de ese cadáver que para más INRI había sido embalsamado. Plenamente aparecen la ironía, la jocosidad y la campechanía tan características de toda la serie de Plinio y que aquí ya están perfectamente establecidas. Al final la identidad del muerto nos trae también la solución al enigma de por qué está en un nicho que no era el suyo y la chanza precisamente es el origen y la causa de la intriga. 


Y eso es precisamente otro elemento muy característico de las novelas de Plinio, que en realidad todos los casos no tienen apenas ningún componente de maldad en ellos, o bien su causa puede ser únicamente una broma, como el de esta novela, o una pérdida casual de un muerto, como en Vendimiario de Plinio, donde un cajón con el cadáver de una anciana dentro en una posición un tanto extraña, aparece y desaparece como las lagunas del Ruidera por toda la comarca, hasta que Plinio con su olfato o pálpito, como lo llama don Lotario, va descubriendo la rocambolesca peregrinación del cajón y su origen inicial. O unas desapariciones que luego se convierten en secuestros pero cuyo origen, luego se descubrirá, no está en un acto de maldad puro sino en unas causas que en el desarrollo de la novela está en cierto modo plenamente justificadas y de alguna forma atemperadas, endulzadas, diríamos. En este caso nos estamos refiriendo a Las hermanas coloradas –único caso que no se desarrolla en la zona manchega, sino en Madrid, en la capital, pero sus protagonistas sí son de Tomelloso y por eso la intervención de Plinio–, donde la desaparición de María y Alicia Peláez de su domicilio en la calle Augusto Figueroa de Madrid se convertirá en un asunto de celos que nos retrotrae a la época de la guerra civil y a aquellos escondidos después de la derrota –que también tratará en un cuento, “El caso de la habitación soñada”–, olvidados de todos, excepto de, en este caso, su novia oficial de antes del conflicto. De secuestro o rapto también se trata en la segunda novela de la serie, El rapto de las Sabinas, titulado así porque la primera desaparecida es Sabina Rodrigo, aunque luego vendrán Rosita Granados y Clotilde Lara, pero la solución está lejos de la anterior, en este caso tiene que ver con una merma de los instrumentos físicos masculinos para ejercer su labor y provocan esos raptos de mujeres lozanas y bien puestas que puedan provocar su resurgimiento o nacer primero. 

También de un caso de desviaciones sexuales tratará Voces de Ruidera, aunque mezclado con un secuestro de una personalidad que en ningún momento en la trama de la novela lograremos descubrir. Esta novela, quizá, sea algo más compleja porque entremezcla precisamente dos enigmas en su trama, cosa que no es habitual en las historias de Plinio, donde al primer suceso se suman otros, pero todos continuados a partir del primero. Una semana de lluvia –la cuarta de la serie– también trata el tema de las mujeres, en este caso de los suicidios de embarazadas, dos, Aurora Gutiérrez y Rosita Olivar, y como no podía ser menos tiene que ver, en contra de lo pensado por la mayoría del pueblo, con la honra familiar, como la escena final pondrá de manifiesto.

Los dos últimos casos de Plinio, nos referimos a las novelas Otra vez domingo de 1978 y El hospital de los dormidos de 1981, ya no se desarrollan en los finales de la dictadura, como todos los previos, sino en plena agonía del dictador, la primera y en la transición y consolidación de la democracia, la segunda, y en ellos la jocosidad y el sarcasmo están aún más acentuados, incluso el estilo se limpia, es algo menos castizo, añadiríamos, aunque sin perder, claro, su esencia. El propio don Lotario ha dejado el seiscientos de las novelas anteriores –y el Ford de las tres primeras novelas cortas que se situaban en el primer tercio del siglo XX– y se ha pasado a un SEAT 850. En la primera de las dos, Plinio, que ya ha perdido su condición de investigador para ejercer su labor normal de policía municipal debido a los mandatos de los altos cargos políticos de la provincia, investiga la extraña desaparición del médico don Antonio en plena madrugada. La solución como siempre en las tramas de Plinio no presenta ningún grado de absoluta maldad por ningún lado, sino que tiene que ver más con un accidente, aunque provocado, que con otra cosa. En la última ni siquiera hay muertos, sino dormidos y su extraña conducta viene provocada por unos placeres demasiado sublimes.

En fin, que lo que produce Plinio en los lectores actuales de sus obras es una recuperación de algo perdido, la vida de pueblo, los sonidos del pueblo, el ambiente de pueblo, donde todos se conocen, el olor de las gachas de Maleza, el cabo, en Una semana de lluvia, o de otros guisos tan populares y ya casi perdidos, las charlas y tertulias en los casinos del pueblo, el de San Fernando o el propio de Tomelloso, ambos en la misma localidad, con sus gentes sapientes como don Braulio, el "filósofo", y los churros y buñuelos de Rocío, donde don Lotario y Plinio suelen desayunar, también con el machismo de la vida familiar, donde las mujeres, Gregoria, la esposa, o Alfonsa, la hija, están al servicio del marido o padre.

Tomelloso. Ciudad Real. España

Y sobre todo “el caldo” –con algún que otro cigarrillo, los menos– que se lían una y otra vez, constantemente, ambos protagonistas y que se fuman con sumo placer. Porque aquí el humo que todo lo envuelve no es el de los asesinatos, robos y maldades habituales  y propios de las novelas policiacas, sino el del tabaco, el más puro tabaco de antes, que se liaba y se fumaba con tanto placer.          





Novelas cortas. [Recopiladas en Plinio. Primeras novelas, Rey Lear, 2007.]
1965. Los carros vacíos.
1968. El carnaval.
1968. El charco de sangre.

Novelas
1972. Vendimiario de Plinio.

Cuentos (ordenados según la fecha de edición en libro). [Recopilados en Plinio. Todos los cuentos, Rey Lear, 2010.]
1953. “El Quaque”.
1965. “Los jamones”.
1970. “El huésped de la habitación número cinco”.
          “El caso de la habitación soñada”.
          “Echaron la tarde a muertos”.
          “Las desilusiones de Plinio”.
          “Muerte y blancura de Baudelio Perona Cepeda”.
1974. “El último sábado”.
          “Las fresas del Café Gijón”.
          “Los sueños del hijo de Pito Solo”.
          “Fecha exacta de la muerte de Polonio Torrijas”.
          “Sospechas anulares de Plinio”.
          “La esquela mortuoria”.
          “Detalles sobre el suicidio de Arnaldo Panizo”.
          “Un crimen verdaderamente perfecto”.
          “Una tarde sin faena de Plinio y don Lotario”. (Es el mismo cuento que “Echaron la tarde a muertos” con un pequeño cambio en el final del mismo).
          “La bella comiente”.
1980. “El caso mudo”.
1985. “Pan caliente y vino fuerte, mi muerte”.
          “El roncador”.

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